Dos sedes con aspiraciones de organizar la séptima Copa del Mundo, Argentina y Chile, presentaban sus candidaturas ante el Comité Ejecutivo de FIFA el 10 de junio de 1956. Las ediciones anteriores se habían disputado en Europa (Suiza 1954 y Suecia 1958), por lo que Sudamérica iba a tener los honores con el Mundial de 1962. También estaban los alemanes como candidatos, pero pensar en tres Copas consecutivas en Europa era demasiado y renunciaron.

Todo indicaba que Argentina, postergada con la organización mundialista desde 1938, se iba a quedar con la competencia; Raúl Colombo, delegado argentino, convencido de que se volvería a Buenos Aires con su país como sede de la Copa, cerró su discurso ante los dirigentes de la FIFA con la frase: «Tenemos todo. Podemos organizar el Mundial mañana mismo».

 

Vava marca el tercer gol de Brasil contra los checoslovacos en la final disputada en Santiago. | ©Imago/United Archives International

Pero Chile, que se suponía solo un invitado para que Argentina no fuera la única candidata, tenía entre sus representantes a Carlos Dittborn, un diplomático de 32 años que desde hacía menos de un año presidía la CONMEBOL.

El mismo Dittborn relató en el diario El Mercurio cómo fue su discurso, pronunciado en un perfecto inglés: «Argentina hizo una documentada exposición de su postulación; ofreció siete estadios para 100 000 espectadores, hoteles para la población flotante que fuera, subterráneo para movilizar millones de personas. Hizo recuerdos olímpicos, apología de su fútbol... Una hora y diez minutos duró el brillante discurso —continuó—; en seguida subí al estrado. Ocupé 15 minutos. No ofrecí nada material: mostré en breves palabras lo que somos y cómo somos, e invoqué la letra y el espíritu del artículo 2 de los Estatutos de la FIFA, que impone una función de fomento del fútbol en los países poco desarrollados a través de la Copa Jules Rimet. No eran más de cuatro los puntos de mi argumentación: continuidad en la asistencia a los torneos y congresos organizados por la entidad, estabilidad política e institucional del país, amplia tolerancia para credos, razas y otras ideas, clima deportivo de la nación, y ese artículo de los estatutos».

La selección chilena en el Mundial de 1962. | ©Imago/United Archives International

El mito cuenta que Carlos Dittborn cerró su discurso con la famosa frase «Porque nada tenemos, lo haremos todo», oración que se leía en el tablero del estadio Arica. Pero su hijo, Pablo, se encargó de desmentir el hecho varias veces. En el 50 aniversario de la muerte de su padre le dijo al diario La Hora: «Le pregunté a mi madre, Juanita, y ella confirmó que mi padre nunca mencionó esas palabras, sino que se trataba del título de una entrevista en El Mercurio».

El libro Historias secretas del fútbol chileno (Juan Cristóbal Guarello; 2005; Ediciones B) recoge una anécdota de aquel Congreso de Lisboa protagonizada por la mano derecha de Dittborn, quien a su vez la relató de esta manera: «Tanto fue así que sucedió el hecho más gracioso. El delegado de Venezuela estaba distraído y no oyó que lo llamaban. Al ser requerido por tercera vez sin que contestara, Juan Pinto Durán no pudo contenerse y se levantó, diciendo “¡Chile!”, es decir, estaba votando él por el venezolano. Las risas de los congresales trajeron a la realidad a este y emitió su voto, entre risueños comentarios».

COMIENZAN LAS DESGRACIAS PREVIAS AL MUNDIAL

Domingo, 22 de mayo de 1960. La tarde fresca mantenía una calma que hacía inimaginable que Valdivia fuera a sufrir el terremoto más grande conocido por la humanidad. El seísmo midió 9.5 en la escala Richter, dejó más de 2000 muertos y casi 2 000 000 de afectados, un cuarto de la población de Chile.

Fotografía de Carlos Dittborn. | ©FIFA Archive
Dittborn, consciente del desastre, le comunicó al Presidente de Chile, Jorge Alessandri, que le devolvería todo el dinero invertido para el Mundial; sin embargo, Alessandri le dijo que no, que el pueblo chileno necesitaba la fiesta del fútbol. Con mucho esfuerzo y los aportes externos, apenas cuatro sedes quedaron confirmadas (Arica, Viña del Mar, Santiago y Rancagua), y cinco ciudades fueron descartadas (Antofagasta, La Serena, Valparaíso, Talca y Concepción).

«Los tres Mosqueteros», les solían decir a Carlos Dittborn, Juan Pinto y Ernesto Alvear, los artífices de Chile 1962. Cuando se produjo el seísmo solo quedaban dos, ya que Juan Pinto había fallecido en noviembre de 1957, atropellado por un auto mientras cambiaba una cubierta del suyo. Las hijas de Alvear también sufrieron un accidente automovilístico en mayo de 1962, pero la más trágica de las noticias se produjo el 28 de abril de ese año, 32 días antes del comienzo del torneo.

El Chile-Italia en Santiago. | ©Horst Müller/Imago

Sin parar un instante, y pese a la recomendación médica, Carlos Dittborn, de apenas 38 años de edad, falleció a causa de una pancreatitis aguda. El pueblo chileno se vio envuelto una vez más en un duelo general y el promotor de la Copa Mundial en su tierra, no pudo vivir el sueño por el que tanto luchó.

En mayo de 1962, tras su muerte, la revista Vea publicó: «Equivocadamente le atribuyen su triunfo a una frase feliz, olvidando su entusiasmo avasallador, su tenacidad sin límites y su contagioso optimismo». Chile tuvo su Copa, sus calles se desbordaron con los festejos por el tercer puesto alcanzado y el país demostró que con nada, lo hizo todo.